Hospital Niño Jesús, un lugar muy especial
Un par de segundos, quizás tres. Ese es el tiempo que tarda exactamente en cambiarte la vida para bien o para mal. Fue el tiempo que tardé en saber, el pasado lunes 30 de marzo, que la llamada que recibía de mi mujer no era rutinaria, que algo malo estaba ocurriendo. Cuando pronunció el nombre de uno de mis hijos fue cuando se confirmó que las malas noticias giraban en torno al que es mi punto débil, de cara a afectar al centro neurálgico de mi capacidad para encajar los golpes de la vida. Entonces, la situación pasó a ser verdaderamente crítica. Iba con mi hijo Íñigo camino del Hospital Niño Jesús de Madrid con lo que había sido definido por la pediatra de nuestro ambulatorio como un cuadro sospechoso de meningitis. La médico había dejado bien claro que, en la inmensa mayoría de los casos, las meningitis son víricas y, por tanto, se curan con las mismas complicaciones que un simple catarro. Pero uno trabaja en esto de la salud y sabe que "la china" de la meningitis bacteriana puede tocarte y que las complicaciones pueden ser fatales.
Valorar lo importante
Tengo tres hijos de cinco, tres y un año, todos ellos varones y bastante moviditos, tanto que cada día suelen ser una prueba infinita de paciencia y tolerancia paterna. La combinación entre el estrés generado por los quehaceres del día y su facultad para agotar la paciencia del mismísimo santo Job trae como consecuencia una cierta incapacidad para valorar la inmensa riqueza que supone tener a tu disposición el cariño y la admiración de tres hijos. Es triste que sea necesario ver peligrar la vida de alguno de ellos para darte cuenta de lo mucho que les quieres y valorar lo que es verdaderamente importante en esta vida.
Hace aproximadamente tres años entrevistaba a Ana Gloria Moreno, directora de Enfermería del Hospital Niño Jesús, que me hablaba de cómo la asistencia sanitaria prestada a los niños en su centro hacía del mismo un sitio único en el mundo sanitario. La experiencia de mi propio hijo en su hospital me ha permitido dar fe personalmente de la certeza de sus palabras. En mi retina quedarán siempre las sonrisas constantes, la ternura y la cercanía con la que trataban tanto a su pequeño paciente como a los asustados padres de éste. Ahora que lo veo desde cierta lejanía, me llama especialmente la atención lo magníficamente bien que gestionaban la forma de darme información, contando todas las posibilidades y evitando en todo momento trasladar el más mínimo indicio de desesperanza.
Doblemente afortunado
Insisto, el trato a mi hijo de todos los profesionales sanitarios fue digno de matrícula de honor, y eso que, por la sintomatología, fue necesario hacerle una punción lumbar, cogerle dos vías, pincharle dos veces para hacerle análisis de sangre, etc. Es decir, mi hijo sufrió, y mucho, para poder tener un diagnóstico que finalmente fue muy favorable porque la meningitis acabó siendo vírica y después de 24 horas en el hospital -ingresó en la planta de traumatología- nos fuimos a casa con la convicción de que tengo que valorar cada día la doble suerte que tengo. Primero porque mis hijos están sanos y segundo porque, ante cualquier complicación, tenemos una sanidad y unos profesionales excelentes para practicarles los mejores cuidados posibles.

Marta dijo
Emocionante tu relato Inigo. Un beso fuerte
19 Abril 2009 | 05:50 PM