Hace dos días vino al mundo mi tercer hijo, Pablo, que ha nacido por cesárea en la Clínica Santa Elena de Madrid. La alegría y los nervios de ver nacer un nuevo hijo vinieron esta vez acompañados de la preocupación de ver a mi mujer sufrir los perjuicios típicos de una operación quirúrgica que se dejó notar, en esta ocasión, de forma todavía más acuciante que en las dos anteriores. A esto se le sumó el hecho de que Pablo tuvo que pasar sus primeras cinco horas en la incubadora porque necesitaba entrar en calor y precisó de un poco de ayuda en el proceso para habituarse a este nuevo mundo. En estas dos situaciones tan emocionalmente complejas para quienes somos los familiares de ambos pacientes (madre y bebé), la profesión enfermera demostró, una vez más, el papel que juega en la asistencia sanitaria.
Las enfermeras, siempre pendientes
No pretendo quitar mérito al ginecólogo que realizó la cesárea, José Manuel Beca Isla, un gran profesional que, además, fue quien trajo al mundo a mis anteriores vástagos y que, en esta ocasión, volvió a hacer un magnífico trabajo. Pero tal y como funciona este tipo de procesos, uno recuerda más a las enfermeras: el médico realiza la operación (siempre con la colaboración imprescindible de un equipo multidisciplinar) y, una vez concluida, manda al paciente a la habitación donde su recuperación física y emocional corre a cargo del equipo de expertos en salud compuesto por las enfermeras y sus auxiliares. Por supuesto que el médico mantiene un seguimiento del paciente y que, en caso de complicaciones graves, da la cara y actúa. Pero, tal y como volvió a demostrarme el equipo de profesionales que tan acertadamente dirige Alejandra Closas —máxima responsable de la enfermería en la Clínica Santa Elena—, la verdadera gestión de la recuperación del paciente está en manos de las enfermeras y de su equipo de auxiliares. En el caso concreto del parto y la cesárea, son (y con nosotros fueron) quienes enseñan a la madre a moverse con la cicatriz, a dar el pecho al bebé, a cogerle en brazos, a cambiarle y curarle el cordón, o a realizar dos misiones casi imposibles: “sacar los gases” e interpretar su llanto.
Reconocimiento social
Recuerdo especialmente los momentos de dolor poscirugía, situación tensa en la que quienes nos atendieron cariñosamente y resolvió pacientemente nuestras dudas fueron las enfermeras. Todavía tengo presente el cariño con el que ayudaron a mi mujer hace unas horas —en el momento de escribir estas líneas sigue ingresada allí —a levantarse de la cama y a aprender a moverse de manera que la cicatriz doliese lo menos posible. O la ternura con la que se llevaron a Pablo al nido para estimularle y ayudarle con los gases que hinchaban su tripita. Y es que, quien enseña de verdad a ese par de sacos de nervios, que somos los progenitores, a convertirnos en un padre y una madre solventes, no es otro que el equipo de enfermería.
No quiero terminar este artículo sin dejar de contar lo que observé en mi visita a la incubadora donde la situación de mi hijo, que pesó 3,9 kg. al nacer, era absolutamente banal al lado del resto de los niños. Allí las enfermeras y enfermeros levantaban el ánimo de padres y bebés, generando un ambiente de esperanza y alegría. Magnífico trabajo el de la enfermería; lástima que la sociedad todavía siga eclipsada por los médicos y se niegue a reconocer quien es el verdadero director de orquesta de la asistencia sanitaria.
PD: Desde estas líneas quiero expresar mi agradecimiento a todo el euipo de enfermería de Alejandra Closas en la Clínica Santa Elena de Madrid. La excelencia profesional demostrada se suma a todo aquello que me lleva motivando desde hace cuatro añosen mi lucha profesional por el reconocimiento y denfensa de la enfermería.

Felicidades!!!!
Aunque sin carrera profesional laboral en madrid!!!!