La naturaleza humana es curiosa. No se si se han parado ustedes alguna vez a pensar cómo hay determinados rasgos intelectuales que son innatos a todo ser humano. Uno de éstos es nuestra incapacidad de valorar aquello que tenemos de un modo directamente proporcional a los beneficios que nos aporta. Dicho de otra manera, uno no es realmente consciente de las grandezas de todo lo que tiene hasta que lo pierde y lo echa de menos. Esto pasa con todo aquello que nos rodea, aunque, como no puede ser de otra manera, ocurre de forma traumática cuando se trata de personas a quienes queremos. La pérdida de un ser querido deja un vacío en el alma que no siempre se puede volver a llenar y, entonces, toca aprender a vivir con ello. Este principio es aplicable a todo lo que nos rodea en la vida, no sólo a los seres humanos, y, además, dependiendo de cada afectado, existen diferentes grados. No en vano, todos conocemos tanto a gente que no valora en absoluto nada de lo que tiene, como a personas que son bastante conscientes del valor de aquello que les rodea, y así lo demuestran. No obstante, la capacidad de valorar las cosas de estos últimos nunca hará verdadera justicia a lo mucho que las necesita.

Otro rasgo intelectual de todo ser humano es su capacidad para desear todo aquello que no tiene. El padre de familia quiere ser soltero relajado y el soltero relajado quiere ser padre de familia. El director general suspira por dejar de tener la presión de sus miles de responsabilidades y el currito quiere ser un superjefazo y ganar millones. El famoso suspira por pasar desapercibido en la calle y el desconocido querría ser famoso y reconocido por todos.

El valor de los colegios
Creo que esta condición humana tiene mucho que ver con la valoración de los colegios profesionales por parte de los medios de comunicación, que mejora considerablemente cuanto mayor contacto tiene con estas instituciones. Les puedo asegurar que, en los casi cuatro años que llevo trabajando en el Consejo General de Enfermería, estoy observando cómo los medios de comunicación cada día valoran más y mejor a los colegios profesionales, especialmente, a los de enfermería. Para conseguirlo, ha tenido mucho que ver la creciente situación de absoluta precariedad que vive el periodismo con contratos basura, prejubilaciones voraces y despidos a discreción.

El hecho es que cada vez que denunciamos ante los medios de comunicación situaciones injustas para la enfermería recibo la misma respuesta: “ojala nosotros tuviéramos un colegio profesional que nos representara y velara por los intereses de la profesión porque vamos de mal en peor”. Como ejemplo de ello, les puedo hablar de dos luchas recientes: la prescripción enfermera y la conversión de los estudios en un grado de 240 créditos (una de las antiguas licenciaturas). En las ruedas de prensa en las que se planteaban los argumentos esgrimidos por la profesión para defender sus posicionamientos, la conclusión principal de muchos de ellos distaba mucho del ámbito sanitario y era la siguiente: “tenemos que crear nuestro colegio profesional porque si no, está claro que nuestra profesión desaparece”. De hecho, en los primeros estamentos de lucha por la licenciatura nos trasladaban su malestar por su propio proyecto de estudios universitarios y lamentaban no tener un organismo de representación que denunciase el desacuerdo de la profesión con dicho proyecto, y se plantase ante el Ministerio de Educación y Ciencia.

En conclusión, los periodistas están deseando tener su colegio profesional mientras que los profesionales que tienen colegio no terminan de valorar suficientemente el suyo. Extraña es la condición humana…