Esta semana la Ministra de Sanidad y Consumo aseguraba en el Pleno del Senado que la inmigración no está generando problema alguno al normal funcionamiento del Sistema Nacional de Salud. Lo dijo el pasado 20 de septiembre contestando a una pregunta del Partido Popular referida a la oleada de cayucos provenientes de África. La Ministra contestó que los cientos de inmigrantes que están llegando en cayucos están siendo atendidos sin problemas por los profesionales sanitarios de la Cruz Roja y afirmó también que el fenómeno global de la inmigración no generaba problema alguno a los servicios sanitarios. Un día antes, el diario EL MUNDO publicaba en su portada una imagen espeluznante en la que se veía a los inmigrantes africanos hacinados unos sobre otros en un centro de acogida, en unas condiciones sanitarias que nada tienen que ver con las declaraciones de Salgado.

Lo cierto es que, salvo por la información y las imágenes que he podido leer y ver en la prensa, desconozco la envergadura real de lo que está ocurriendo en Canarias y si los profesionales sanitarios se ven o no desbordados por la ingente cantidad de pacientes que les llegan diariamente hacinados en lo que hace meses llamábamos pateras y ahora denominan cayucos. Lo que si sé es lo que veo diariamente en los centros sanitarios que visito donde los profesionales sanitarios están absolutamente desesperados con la sobrecarga asistencial que genera una población que aumenta sin seguir una progresión lógica.

"Aqui no pasa nada"
Quizás la salud de hierro de Elena Salgado le haya librado los últimos años de tener que ir a su centro de salud o quizás la zona exclusiva de Madrid donde vive no se vea afectada por este fenómeno. Pero lo cierto es que la que debería ser la máxima autoridad sanitaria en nuestro país no parece tener del todo los pies en la tierra a la hora de abordar este tema. Bueno sería que Elena Salgado se diese una vuelta de incógnito de vez en cuando por los centros de salud y hospitales de las zonas humildes de cualquier comunidad autónoma. Debería entrar como un ciudadano más y sentarse un rato en la sala de espera, pasando desapercibida entre los pacientes y familiares. No creo que después de esta experiencia volviese a asegurar libremente aquello de “pero si aquí no pasa nada…”.

Hoy por hoy, no existe ningún organismo oficial que conozca a ciencia cierta cual es la población inmigrante actual, cuales son sus previsiones de crecimiento y que recursos van a ser necesarios para facilitar asistencia a toda esta gente. En vista de ello, las previsiones del gasto sanitario resultan papel mojado todos los años y esto es algo que conocen y sufren en silencio todos y cada uno de los consejeros de Salud que hay en España.

Tensiones en la sala de espera
No debería mirar para otro lado y silbar distraída la ministra. No debería porque este es un problema que puede acabar siendo muy grave y generando importantes enfrentamientos entre la población. Los profesionales sanitarios reconocen que las tensiones en las salas de espera de los hospitales y centros de salud son cada vez más frecuentes y más graves. En este país afortunadamente todo el mundo cree y respeta las libertades de los demás, no obstante, la situación se puede tornar diferente cuando un familiar directo sufre algún percance sanitario grave y le toca esperar interminablemente.

Creo firmemente en los principios de equidad, igualdad y gratuidad que establece la Ley General de Sanidad y entiendo que la salud es un derecho universal de todo ser humano. No obstante, los prestatarios de la asistencia sanitaria y garantes de este derecho fundamental – el Ministerio de Sanidad y Consumo y las comunidades autónomas – han de conocer fehacientemente cuál es la verdadera población a la que han de cuidar y acercarse lo más aproximadamente posible a las previsiones de crecimiento. Ya está bien de dejar el problema en manos de los profesionales sanitarios que “son muy buenos y acaban pudiendo asistir a todo el mundo que llega a sus manos”. No es de recibo que se mantengan los mismos profesionales para la cada vez más creciente población soportando, hasta que la salud física y mental aguante, una sobrecarga asistencial digna de los países menos desarrollados.