Iniciamos la segunda mitad del mes de septiembre de 2006 y la actividad en el sector sanitario es, más que escasa, inexistente. Probablemente esto se deba a que durante julio la actualidad informativa fue frenética hasta el último día del mes lo que ha conseguido que volvamos todos de las vacaciones con un atontamiento y una depresión postvacacional mayor del habitual. Por este motivo, me va a permitir el lector que dedique esta semana mi espacio a trasladarle alguna reflexión personal sobre lo que creo que es un serio inconveniente a la hora de trabajar en el ámbito de la salud.

Renunciar a la esperanza
Trabajar en el sector sanitario como profesional de la comunicación supone pasar el día escribiendo sobre temas de salud, mantener un contacto continuado y fluido con profesionales sanitarios de prestigio y conocer los pormenores fundamentales de gran parte de las enfermedades existentes, incluyendo entre ellas las más crueles y devastadoras para el ser humano. No cabe duda de que todo ello supone un importante enriquecimiento humano e intelectual pero también conlleva pagar un alto precio: renunciar a la posibilidad de poder afrontar la enfermedad grave de un familiar o de un amigo desde la ingenuidad, dejando que la esperanza, aunque sea más falsa que un billete de Monopoly, ejerza su efecto hipnotizador y atenué el dolor que uno siente en su corazón.

Resulta imposible olvidar voluntariamente el conocimiento propio. Por eso cuando eres consciente, porque lo ha escuchado de los mejores especialistas y lo ha reflejado en sus artículos, que la supervivencia de una u otra determinada patología es mínima, a duras penas puedes encajar que, de pronto, alguien a quien quieres padezca alguna de estas enfermedades. Creo muy sinceramente que esto supone pagar un precio muy alto que uno no es consciente de haber asumido hasta que, un día cualquiera, llega a tu vida el temporal.

Profesionales sanitarios
Sin embargo, el precio que pagamos los periodistas es una pequeña propina al lado del de los propios profesionales sanitarios. No en vano ellos viven la sanidad, conocen verdaderamente a fondo tanto la enfermedad como todas y cada una de sus consecuencias, incluyendo las más adversas. En el caso especial de los enfermeros y enfermeras, que es con quienes trabajo más estrechamente, se trata de profesionales que han dedicado toda una vida a tratar a los enfermos y, en su caso ayudarlos a morir. Han visto la peor devastación en sus pacientes, el dolor y la angustia reflejada en sus ojos, han percibido la tristeza y desolación que va inundando sus almas. Por eso cuando alguien a quien quieres se convierte en el paciente la vida les obliga a asumir, en pocos segundos, todas y cada una de las adversidades que el destino les depara en un corto, largo o medio plazo.

No hay más que ver los ojos de un profesional sanitario cuando está junto a un familiar enfermo grave para darse cuenta del sufrimiento que conlleva ese conocimiento que, tan a menudo, en otras ocasiones salva vidas y ayuda a paliar el dolor. La sociedad no siempre es consciente del sacrificio que esto conlleva.